miércoles, 4 de abril de 2012

Cuatro de Abril de Dos Mil Doce

A veces todo se ve negro. Entonces me pregunto si realmente es necesario este encierro. Busco claves, la llave que abra la puerta que me apetece, pero no la encuentro. Alguien me ha dicho que hay otra abierta pero no quiero tenerla en cuenta... Yo quiero que sea esta y no otra.

Esa que me llevó al éxito, supuesto. El triunfo efímero que como humo huyó del fuego. Y ahora me abraso en esta pira de sacrificio que no acepto. No me resigno, me resisto, encuentro culpables, otros pirómanos a los que grito; de cuyas acciones me quejo y finjo...

Finjí ser tonto, yo que de ser tan listo presumía cuando, a ojos ciegos, jugaba con el mechero entre bombas de artificiero experto.

martes, 22 de noviembre de 2011

Veintidos de Noviembre de Dos Mil Once

Para que no tengas que ocuparte de nada más que de tu apuesta; si tú te declaras en huelga de hambre, yo la haré de sueño, para librar de preocupaciones externas los tuyos. Acepto y comprendo el juego de protagonismos y libero de mi control el debate que falsa modestia y soberbia mantienen. Aunque yo sólo quiera descansar en el regazo de la humildad he de acatar mis sentimientos. Esa afirmación aún no sería verdad.

Seré protagonista de mi crecimiento interior, apoyando tu exposición extrema. Ante los medios de comunicación, ante la posible inanición, ante la deshidratación, ante los ataques de quienes no comprendan tu actuación; y ante los que, de buena fe, no dejan descansar a sus héroes; cuando sientas decaer tu intención o atención, ahí, a tu lado estoy. En silencio, paciente, conservando el espacio vital del vencedor.

Estaré ahí, a tu lado; en silencio y paciente, rezando mi plegaria de agradecimiento: gracias señor por enviarme en los peores momentos la confirmación de que yo también tengo una misión. Y gracias, también, por supuesto, por imponerme la humillación necesaria para hacerme comprender que el anonimato es mi senda hacia la meta final.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Catorce de Noviembre de Dos Mil Once

Esperar, no haciendo nada.

No porque no conozca yo, como vosotros, todas las cosas que hay que hacer. Estoy convencido, a su pesar, de que le salgo más rentable a la humanidad si hago uso completo de mi libertad. Mi libertad me invita a parar; aunque parezca una contrariedad, no me permite empujar.

¿Cuántas de esas cosas importantes que hicísteis, creyendo que eran buenas de verdad, se están tornando lastres insuperables que ya no sois capaces de arrastrar? ¿Ninguna? ¿Todo lo malo fue culpa de la administración errónea de los demás?

¡Qué bien! Yo también he deseado ser ciego en muchas ocasiones, pero ésta es la cruda realidad. Nos enseñaron, desde críos, que en esta vida recogerás lo que siembres y nada más; lo cual no me deja en buen lugar. Tampoco les hace favor a todos aquellos que aplaudían mis logros con fervor. Hice recuento de lo pasado, recogiendo malas hierbas y destrucción.

Y por eso me pregunté yo, en primera persona, sin incluir a nadie más en el objeto del análisis procaz: ¿qué sería aquello que habría plantado que tan pobre cosecha me dio? Invito a quien se atreva a que sometan su opinión a la misma cuestión, por extensión. La respuesta no la podemos imaginar sin poner la imaginación en acción; silencio, e imaginemos, pero de corazón.

Espero, por esto, no haciendo nada. Espero y esperando estoy descubriendo que nada he de sembrar. Porque no es esa la tarea de la planta que plantó el jardinero real. Espero y sigo creciendo, sometido a su regia voluntad.

Y, paradógicamente, así siento que disfruto de la plena libertad que hasta hace nada, forjándo con esfuerzo mi porvenir, me faltó. Y es que lo que esté por venir ya vendrá; aquí parado, me encontrará sin dificultad.

martes, 8 de noviembre de 2011

Ocho de Noviembre de Dos Mil Once

Es difícil soportar esta situación. No imaginaba que el mayor hueco lo fuera a provocar esta sensación. No dudo que pedir un pedazo de pan por no tener nada más que comer sea una experiencia cruel; por eso me siento aún peor.

Me urge la necesidad de mendigar una oportunidad. Desde que he regresado a casa no he tenido ocasión de dar; carezco de utilidad, y temo que, como cualquier herramienta abandonada en el rincón de la inutilidad, me vaya a oxidar.

Las personas normales, trabajando sin parar, ocupadas en el ajetreo que les impone la sociedad, no tienen tiempo para recibir nada que no tenga valor. Valor, como denominación de origen de común denominador, en efectivo o al portador. Este es mi juicio, que reconozco crítica tan equivocada como atroz; pero hoy se refleja en mi espejo un lobo feroz. Quizás sea una hiena hiriente oculta tras una ironía sarcástica.

Me retiro a mis aposentos, mucho mejor. Para no escupir nada peor. A ver si mañana, por la mañana, me despierta un cordero melosón.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Cinco de Noviembre de Dos Mil Once

El Valle del Silencio, me viene a la cabeza desde que Naia me descubrió el Gran Misterio. Se que es un lugar, un área sita allá, por el noroeste de España; perdida entre las montañas. Otro de esos parajes maravillosos de magnetismo mágico y acceso fatigoso; uno de tantos de los que en aquellas tierras me recibieron con regalos maravillosos. Fundido con la gran transpiración sudada se confundían los sentidos, y me sentía uno pequeño, y a la vez enorme... Allí, sobre todo, no me pesaba no tener nada que hacer. Allí, no me sentía culpable por, además, de hacer, no tener ganas, ni necesidad.

Deseo, como deseaba Naia, que se acabe el "bla, bla, bla"; y, como ella, hasta coseguirlo no voy a parar. Por suerte, no creo que yo vaya a necesitar berrear; por desgracia, no estoy seguro de tener la atención que tuvo su madre para saber interpretar su llanto sin zafiedad. Por algo el significado de Naia, en Euskera, ha de tener que ver con desear; no siento que sea casualidad.

Quiero, deseo ser y vivir como allí. Allí, perdido en la inmensidad de aquellos valles mudos,me permitía estar y nada más.

viernes, 28 de octubre de 2011

Veintiocho de Octubre de Dos Mil Once

Se complica el camino cuando se acaba el Camino. Las lenguas partidas no dicen lo mismo que decían allí donde Santiago susurraba al oido de todos la oración que todos compartimos. Suma, intégrate en la nube de estrellas que indican el sentido de tu vida, el sentido de todas las vidas: de cada una, el propio e intrasferible; de todas, en conjunto, el único motivo. El rezo para mí también, cada mañana, casi de madrugada, calmaba el alma; la mía, la suya, la nuestra. Mamaba, aún a oscuras, la paciencia de la Vía Láctea; y saboreando, degustando, su leche condensada, se iban endulzando, en cada instante, aquellos pasados amargos que, de mi vida terca, traía arrastrando. Simplificando.

Aquí, de nuevo, el ruido me hace daño; y las prisas de otros me hacen sentir torpe y lento. Y, aunque creía tener claro cual habría de ser mi ritmo... Siento que, sin quererlo, mi ritmo se acelera. Si, como ellos, viviera acelerando, la carrera tendría excusa; yo también estaría persiguiendo esa meta que se les escapa con pies ligeros. Si, como ellos, yo así corriera, el rugido de mi ambición también amordazaría el crugido perpetuo de un corazón atrapado en la competición de bólidos que vienen y van, sin otro objetivo que producir mucho más ruido, sin ton ni son.

El otro día un bebé de cuatro meses me regaló una gran lección. No paraba de llorar, y su llanto desgarrado hacía jirones la calma aparente que compartíamos su madre y yo. Tras probar todas las alternativas posibles: falta de alimento, exceso de sueño, dolores varios ella descubrió el quiz de la cuestión. La aparente paz de la conversación que sosteníamos los adultos le molestaba al bebé. La madre me miró diciendo: quiere silencio, nada más. Vamos a callarnos, por favor.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Diecinueve de Octubre de Dos Mil Once

"El eccema está de vuelta, tras las vacaciones lleva la cuenta: ¿ Qué es lo que mi cuerpo, de esta vida sedentaria, detesta? Cuatro meses, casual apuesta; mientras mi casa estuvo indispuesta, brillaba mi tez lozana; y brillaban mis ojos aun agotados por el cansancio. Creo que sé lo que me ocurre: me pesa no llevar mi casa a cuestas. Diez kilos de mochila no eran tantos, mi atadura actual pesa gramos y son muchos.

En las mejillas enrojecidas siento claro mi fracaso, el valor leve, aquí acurrucado no doy la cara, y mi basura se acumula; mis manos no dicen, mis ojos no escuchan; por eso no pasa nada y la sangre se estanca alrededor de una nariz atascada. No es necesario el instinto en este nicho; protegido, todo alrededor cerrado el olfato me hace ascos. Parece una tumba mi hastío.

Paciencia, lo dicho... Para dejarme encontrar por el resquicio que, en mi memoria, abra el olvido.
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