viernes, 14 de mayo de 2010

Grañón-Tosantos (iii) (Doce de Septiembre)

Juan, el primero en llegar; alguien más a quien recordar porque lo había conocido ya, dos días antes quizás. Me ha atrapado no mucho más allá de Grañón; creo que me ha dicho que había dormido en un albergue muy acogedor, también peculiar, pasado Santo Domingo de la Calzada; hemos caminado de nuevo juntos los dos. Recordando nuestro encuentro anterior, cuando él estaba almorzando y yo aún tenía esperanzas de ser capaz de reconocer, entre las piedras de la puerta de entrada del cementerio de Navarrete, alguna señal de aquellas con la que decían que sembraban los masones medievales sus construcciones... Tengo que reconocerlo, fue más gratificante dejar de buscar misterios para compartir con este chico tan majo alimentos más mundanos, el chorizo entre pan y pan en estas circunstancias aporta más alicientes y vitaminas que las abstracciones divinas. Un tipo curioso que viajaba en bicicleta al ritmo de los viandantes; pareciera que la llevara más como burro de carga que no admitiera quejas. En dos jornadas más o menos, más o menos habíamos hecho los mismos kilómetros, yo caminando siempre y él andando a menudo, tirando de su compañera, conversando con otros peregrinos que, a diario, nos hacíamos la pedicura.

Y más tarde he adivinado a lo lejos, detrás de nosotros, la silueta de Fernando bajando; recordaba su nombre y su estampa por ser uno de los escasos españoles que había compartido mesa conmigo en la cena del día anterior. Él y su ritmo maltrecho, me habían alcanzado antes de llegar a Viloria de Rioja, ¿tan despacio estaría avanzando?; quizás habría dejado que me atrapara por deseos ocultos de caminar acompañado. No he salido de mi asombro hasta que, al llegar a nuestra altura, ha reconocido haber hecho trampa. Ya me extrañaba que su paso retraído pudiera proporcionarle tan espectacular rendimiento; el había salido bastante más tarde que yo del albergue, porque no había visto a nadie en todo el recorrido siendo las rectas de al menos quinientos metros; además, yo no he andado despacio. Había venido por la carretera porque su mochila estaba rota y quería comprar otra cuanto antes. Quizás en Belorado, el pueblo más grande del entorno.

Habíamos formado un trío y almorzábamos tranquilamente en una de esas estructuras de hormigón que colocan en los parques... Banco y mesa en la misma pieza, en la plaza de Villamayor. Y de repente el trío se había hecho cuarteto... Al mirar a mi izquierda allí estaba de nuevo, y de nuevo parecía un espectro; la cara de gitano con sus ojos huidizos fijos, detrás de los rizos negros que colgaban de la melena densa... Se repetía la ocasión, pero también se repetía el silencio sin voz apenas quebrado por una frase incomprensible, entrecortada, como quien la musitaba, furtiva, como si saliera de ultratumba. No he sido capaz de comprender lo que quería decir, pero no era español. Con la misma agilidad con la que había asomado ha desaparecido, volando; creo que su mochila, aunque parecía pesada, debía de darle alas. Por lo que se ha quebrado el posible cuarteto, y también el trío consolidad porque Juan se ha aburrido de ir a nuestro paso; para seguir dando pedales e ir más rápido se ha excusado... No encontraba palabras, no habría hecho falta; era natural que, pudiendo, quisiera correr más. Nos hemos quedado los dos, solos Fernando y yo.

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