jueves, 1 de julio de 2010

Boadilla del Camino-Carrión de los Condes (ii) (Diecisiete de Septiembre)

Cada año un rato, ni siquiera dos semanas, que le liberasen del hastío cotidiano, aunque fuese a cambio de más de diez kilos sobre su espalda. Apenas quince días que le permitiesen sobrellevar dignamente los trescientos cincuenta restantes. Dando alas a la esperanza, renovando cada año la promesa del cambio anhelado; robándole fuerzas al empeño, olvidado el resto del año... Una vez cada septiembre que tendrá también que afrontar un día como éste en el que él se vaya y el resto de compañeros, colegas recién estrenados, ya viejos amigos del alma, continuasen avanzando camino de completar, Dios mediante, en menos de dos semanas sus andanzas... Este mes de septiembre, las nuestras. A él, a este paso, aún le quedarían un par de años para llegar a pie a Santiago... Además, no sé si será lo mismo hacer este recorrido a cachos.

No me arrepiento por tanto... De lo hecho, de lo decidido, de no haberle dado demasiadas vueltas a la propuesta. Ha merecido la pena sacrificar unas horas de sueño por una conversación improvisada sin fundamentos. Al fin y al cabo, aún he tenido que esperar un buen rato hasta que se han desperezado este par de perezosos para ponernos en marcha. Por lo tanto, me alegro, con fundamento. Si no hubiese trasnochado aún me habría despertado más temprano. Mejor ni lo pienso. Aunque porque lo pienso no me arrepiento. Porque además he tenido la ocasión, mientras tanto, de meditar acerca de otras esencias de suma importancia. He llegado a la conclusión de que tampoco me arrepiento de estar aquí repitiendo. Después de todo no habría hecho nada todos estos días atascado en mi casa. No me habría sentado nada bien seguir enredando, en obsesiones sin respuesta, los pensamientos convulsos que me había traído de la anterior experiencia. No habría podido cerrar este círculo que había abierto Aarón aquel día que me sugirió visitar el albergue de Serafín.

Por cierto, me habría gustado despedirme de él pero, aunque a quien madrugue digan que Dios le ayuda, aquí ni Dios conoce los refranes que le conciernen. Despedirse de quien se acuesta tarde sin obligación de madrugar al día siguiente es misión imposible; aunque se crea a sí mismo Señor y Dador. Por eso me he tenido que conformar con lanzar mis plegarias al cielo por si cuando se despertase amenazase tormenta. No podría haberme ido de allí sin darle las gracias por todo, y por nada. Por ser como era y por aparentar lo contrario. Por descubrirme los secretos del gélido invierno y por haberme permitido descifrar lo que ocultaban sus gestos retorcidos. Por refrigerar mi andadura de la acechanza de las circunstancias. Aunque haya sido a costa de soportar un par de témpanos de hielos clavados en mis ojos encendidos en fuego había merecido la pena. Y le he dado las gracias, sobretodo, por esta brújula que me ha regalado y que la guardaré como oro en paño...

Para no perderme, me ha aconsejado, que siga siempre el camino hacia el punto donde horizonte se cruza con el sol poniente. Y que allí donde quiera que fuera, que tuviera paciencia, y que contara hasta cien, y que me adaptara a los cambios...; como los antiguos peregrinos, caminantes constantes y de fe inquebrantable. Y ha acabado regalándome su joya más preciada... Me ha dicho con esa cara de misterio ávida de ser aplaudida que las medias se hacían al final... Me he quedado perplejo... ¿me habría dejado las ligas? Tengo que meditar sobre esta frase por el hincapié que ha ejercido sobre ella. Y porque me ha recordado alguna que otra cita de este tipo que otro tío raro me había dejado... Las medias se hacen al final... Deja de recorrer el camino, que el camino te recorra a ti ahora, abre tu corazón a las señales... No hay dos sin tres... ¿Cuál sería de las tres la tercera en discordia? No lo sé... ¡Qué responsabilidad, joder!

Ellos no han comprendido nada, por supuesto. Porque dicen que no hace falta imponer pruebas desgradables para conocer el fondo de las personas. Yo lo tengo claro, esta es la misión del peregrino, indagar en el interior propio a veces a través de las dificultades que impongan otras personas, en apariencias oscuras... Los tesoros siempre se guardan en las cuevas. Ellos se habían acostado temprano, se han despertado tarde y con legañas, quien sabe si incomodados por los ronquidos de los que las leyes rígidas del albergue “El Puzu” al resto nos habían librado. Además no sé si se habrán percatado de que la cena de anoche nos había salido de balde.

1 comentario:

  1. Me gusta leer todas estas entradas, son relatos fantásticos, desde el principio hasta el final es todo un suspense, la mayoría de las veces no me doy cuenta que no he puesto el comentario, siempre hay que ir con la brújula en la mano para no perder el "norte" y después reflexionar aquello que se ha leído ya que ese es el mensaje.
    Saludos

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